viernes, 15 de febrero de 2008

no me lo digas con flores

No me gusta que me regalen flores. Me da casi asco tener un trozo de planta pudriéndose en casa. Prefiero la planta entera, que por lo menos tarda más en morir
Eso si, con lo desastriño que es una para acordarse de las cosas, como para acordarme regar las plantas. Curiosamente, para el puñetero caso que les hago, se me dan bastante bien
Hace un par de años me compré una por un euro. Era un pensamiento, con flores violetas. Cuando mi madre la vio, me dijo que estaba tonta, que esas plantas son de temporada, y que se me iba a morir en un vira vira. Curiosamente, a pesar de que pasaba de ella y la regaba cuando me acordaba, de que usaba el tiesto de cenicero y que reconozco que a veces se me cayó, la planta aguantó la convivencia conmigo como una campeona

Cuando me mudé, le dejé la planta a mi madre. Curiosamente, ella que las cuida con mimo, no logró que la planta le durase viva más de un mes. Aunque la culpa tampoco la tiene ella sino el perro, Corzán, que la mató con licor de guindas
Y es que el muy vivo, cierto día que lo dejamos solo, descubrió una garrafa de cinco litros de licor casero que andaba por allí desde tiempos inmemoriales. Debió de olerle bien, porque peleó como un jabato para quitarle el corcho, la volcó y lamió el contenido derramado por el suelo hasta que se cogió una lona como un piano. Entonces debió de entrar en la euforia etílica, porque se dedicó a tirar varias cosas, entre ellas mi planta, que cayó al suelo y se empapó de licor
Cuando volvió mi madre y descubrió el pastel, se encontró un perro con resaca y un extraño caso de planta muerta por coma etílico. La planta acabó en la basura, y el pobre perro con dos días de dolor de cabeza y de estómago
Así que ya sabeis, pezqueñines, la moraleja del cuento: si no prestas atención a las plantas, mejor ten cactus como yo ahora. Y si sales de casa, no dejes el alcohol al alcance de ningún bicho viviente, que los cabrones te vacían el mueble bar y no invitan a la fiesta